Yo al tiempo, la verdad, no lo entiendo. Será por eso que no uso reloj y que siento un profundo desprecio por los despertadores. Será también por eso que la impuntualidad no me escandaliza, y por eso que me parece injusto que los horarios (laborales, escolares, de comidas), sean idénticos para todos. Me parece absurdo creer que un minuto tiene sesenta segundos, una hora sesenta minutos, un día veinticuatro horas y un año trescientos sesenta y cinco días, si tan a menudo los minutos me parecen horas, los días me parecen años, los meses me parecen minutos y los años días. Para corroborar todos mis questionamientos a ese ineficaz sistema de medición del tiempo, hace poco me encontré con una amiga a la que tenía cinco años sin ver. Cinco años. 1825 días. 43800 horas. 2628000 minutos. Y, la verdad, sentí como si la hubiera visto ayer. Y entendí que las buenas conversaciones y las complicidades son inmunes al CO2, los radicales libres y los rayos UV. Y corroboré que el poder de una ausencia prolongada podía ser fácilmente neutralizado por un cariño y una química enormes. Y descubrí que cinco años se cuentan en unas tres horas. Y supe que en la vida, mientras algunas cosas envejecen y se oxidan, otras permanecen inmunes al paso de un tiempo que, sin importar lo que digan, no es inexorable.
Gracias bellísima PennyLove por hacerme amar aún más a los relojes parados.

